En principio, y a decir verdad, a Adam Crane le gustó el pueblecito apenas verlo, y ello a pesar de que ofrecía un aspecto no poco sombrío a aquella hora de la tarde, ya casi de noche.
Ciertamente, era pequeño; apenas contaba con quinientos habitantes, lo que sin duda debía conferirle una tranquilidad y un sosiego de vida que tenían que resultar muy agradables, sobre todo viniendo de Boise, la capital del estado. No es que Boise fuese una locura, como por ejemplo Nueva York o Chicago, pero allá
siempre había ruido, y la gente, como en todas partes, siempre tenía prisa.
No parecía que en Yellow Pine nadie pudiera tener prisa para nada. Aparecía en calma, recortado sobre la oscura mole de las Rainbow Mountain, que con sus tres mil metros de altitud y situadas a unos treinta kilómetros del pueblo, parecían un gran fantasma bajo los nubarrones. Seguramente llovería aquella noche.